domingo 10 de agosto de 2008

MEJORAS MORTALES


“La muerte nos eleva a lo mejor de nosotros mismos”, me dijo.

Y yo no pude evitar recodar aquella famosa frase de vete a saber quién: “La muerte convierte a los calvos en melenudos rizados”.

domingo 3 de agosto de 2008

CERVECERIX RETURNS

Corre por ahí un correo cuyo contenido se podría definir de sabiduría popular. La máxima que contiene es tan simple como cierta:

“Nunca confundas lo justo con lo correcto, porque si te meten un dedo por el culo, queda justo; pero no es correcto”

Completamente cierto. Completamente de acuerdo. Completamente correcto.

Y de máximas quería hablar yo hoy, aquí en mi vuelta a este humilde lugar del que me fui sin esperanzas de volver, pero siempre con la duda interna de si esto se había acabado o no.

Parece ser que los humanos vivimos (y fijaros que ya me incluyo entre ellos, he aceptado que nunca volveré a mi planeta) bajo máximas, leyes y directrices que bien la ciencia, bien el día a día, nos han marcado o inculcado y hemos aceptado ciegamente.

Damos por hecho que si lanzamos una piedra al aire, esta caerá al suelo. ¿Por qué? Porque siempre pasa. Porque lo dicta la ley de la gravedad. Ok. Cojonudo. Ahora resulta que la Naturaleza sigue leyes. ¿No será más bien al revés? ¿No será que hemos creado leyes que describen el comportamiento de la Naturaleza, pero que bajo ningún concepto dictan u obligan a esta a comportarse así?

Recuerdo un fragmento del Retorno de los Brujos en el que unos científicos afirmaban que el Yeti era el oso pardo el Himalaya. ¿Su argumento? Muy elaborado, razonaban: como nuestra teoría es la única que no se basa en lo fantástico, debe ser la cierta. A lo que uno de los dos autores respondía irónicamente: ¡Aleluya! Ahora ya solo falta informar al Yeti que es el oso pardo del Himalaya.

A veces la ciencia nos ciega, y a veces, convertimos la navaja de Ockham en una guillotina de dimensiones desproporcionadas.

Popper elaboró una teoría para validar o guiar (o llamadlo como queráis) las teorías científicas, a la cual denominó la teoría de la falsación. A su vez, definió a la filosofía como seudo-ciencia (cosa que a mi me sentó como una patada en la cantimplora del pipí, que diría Hancock). Dicha teoría, en líneas básicas, rezaba:

“El criterio de demarcación que hemos de adoptar no es el de la verificabilidad, sino el de la falsabilidad de los sistemas. Dicho de otro modo, no exigiré que un sistema científico pueda ser seleccionado, de una vez para siempre, en un sentido positivo, pero sí que sea susceptible de selección en un sentido negativo por medio de contrastes o pruebas empíricas, ha de ser posible refutar por la experiencia un sistema científico empírico” (Popper, 1962).

Yo un buen día, en mi humilde y corta capacidad de razonamiento, me pregunté: ¿Y cuál es la falsación de la teoría de la falsación? Ante tal duda, hice lo que haría cualquiera de vosotros, corrí en busca de respuestas al que todo lo sabe: Google. Y no, no encontré ninguna falsación para la teoría de la falsación. Popper: ¿creas una teoría para guiar a la ciencia y no te aplicas el cuento a ti mismo? ¡Qué gran decepción!

¿A qué vienen todas estas divagaciones? Os preguntaréis, vienen a raíz de una experiencia que quiero compartir con vosotros y que me ha marcado para siempre, os responderé.

Máximas. Vivimos y nos comportamos bajo máximas. Si saltamos de un octavo piso caeremos, independientemente de si somos más listos o más tontos, buenos o malos, no importa: caeremos y lo más probable y seguro es que nos matemos. Máximas. Pero no hace falta hablar de vida o muerte, también hay otras máximas en la vida que no determinan sucesos tan trascendentes, pero que las seguimos ciegamente.

Y en este caso es de una de esas máximas de las que os quiero hablar. Una muy simple. Estando en la oficina, cuando entras al baño, si ves que el interruptor de la luz está en posición de apagado, es que no hay nadie dentro. Y si no hay nadie dentro puedes proceder tranquilamente a abrir la puerta, entrar, sentarte en la taza (previo comprobar que está limpia, que la gente es muy marrana) y sacar la mierda que llevas dentro tranquilamente.

He aquí, a este humilde aprendiz del Bachiller, cegado por la máxima anteriormente descrita, que entra al baño, ve la luz en posición de off, abre la puerta alegremente y ¡zas! Me encuentro un tío cagando a oscuras. Mi máxima se viene abajo mientras oigo: ocupado.

Obvio, pienso yo, tú y el baño. Pero he aquí que al irme y cerrar la puerta, acude a mi el dilema: ¿le enciendo la luz o le dejo a oscuras? ¡Qué dilema! Por un lado, si el baño está ocupado, la luz debería estar encendida; por otro lado, él la tenía apagada… ¿qué hago? ¿le pregunto? Pues no. La imagen de estar preguntándole a un humano sentado en la taza del W.C: ¿te enciendo la luz? me resulta demasiado kafkiana.

En fin, decidí dejar las cosas tal y como estaban aunque vaya en contra de otra de mis máximas: las cosas no se dejan donde estaban, sino en su sitio. Dos máximas a tomar por cu** en un mismo día y en apenas cinco minutos.

Por el amor de Dios ¿A quién se le ocurre cagar a oscuras en la oficina?

Pues I don’t know, pero por lo menos sirvió para reavivar en mí el deseo de compartir mis pobres divagaciones con todos vosotros.

A guy was shitting out and cervecerix returns.

Cosas de la vida.

- ¿Qué es Dios?
- ¿Alguna vez has cerrado los ojos y has deseado algo muchísimo? Dios es quien te ignora.
(LA ISLA)